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Los Doce

mil millones

publicado el 03-09-2009 por Clapping Hand, 9 comentarios

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En principio, este post se iba a tratar exclusivamente de The Twelves. De ahi la imágen y las canciones que puse al final. Pero no: ya no se va a tratar de ellos. Al menos no como tema central.

Entonces, ¿de qué se va a tratar?

El viernes pasado vinieron The Twelves a la Ciudad de México a poner discos en el Pasaje América. Y, aunque fui, no me quede a verlos. El tema de este post es la razón por la que me fui del lugar. El fenómeno espantoso de la masividad y el hacinamiento.

Ya antes había hablado del tema pero no entré demasiado en los detalles. Pues bien: si no tienes muchas ganas de leer, este es el momento de hacer un scroll-down y pasar directamente a la música. Si por otro lado no tienes nada mejor que hacer –porque siendo sinceros, tampoco es que vaya a ser este un texto mucho más que una opinión histérica–, sigue con la lectura.

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Existe un libro que últimamente me ha llamado la atención constantemente. Es un libro de eso que, sin saber muy bien de qué se trata, llaman filosofía. Y no es que yo sepa exactamente a qué se refieren con el terminajo: es que, por mucho que lo he leido, lo que encuentro en él es un discurso cuyos puntos de partida –y de llegada– son definitivamente ajenos a la especulación. Y de nuevo: no es que la filosofía sea siempre un discurso especulativo. Pero el hecho es que pocas veces muestra la filosofía a la empiria con tanta claridad.

El libro es La Rebelión de las Masas de José Ortega y Gasset. Y antes de entrar en el contenido mismo del texto, una recomendación: si tú como cualquiera eres un lector de filosofía en castellano, nada como leer la filosofía orteguiana. ¿Apoco no se encuentra uno con un lenguaje de lo menos amistoso al leer esas traducciones al español de la filosofía alemana ó francesa? ¿Es que se trata de filósofos sin estilo? Yo creo que, en cambio, la filosofía debe ser –junto con la poesía– de esos discursos cuyo estilo resulta intraducible. Y que, aún existiendo la posibilidad de comprender la idea general de un texto de Heidegger al leerlo con la traducción de Gaos –posibilidad, es cierto, bastante remota–, jamás podremos encontrar en tal texto belleza alguna. Pues bueno: todo lo contrario en este caso.

Su obra inicia comentando alrededor de un tema propio de la modernidad –por no decir, posiblemente errando, de la contemporaneidad. Y la forma en que Ortega lo nombra no puede ser más claro: el fenómeno del “lleno”. Supongo que en el caso del filósofo de principios del siglo XX, tal observación debió ser de una perspicacia de lo más innovadora. Sin embargo, para cualquiera de nosotros es una evidencia prácticamente incuestionable. No hay más que asistir a cualquier evento-sala de cine-partido de futbol-etcétera para vivirlo en carne propia.

Si bien es cierto que ya en la arquitectura romana clásica –pensando por ejemplo en el Coliseo de Roma– la idea de una audiencia masiva estaba bien formada, no por lo tanto es deducible que de ahi surjan fenómenos (ni nociones) como la moderna del hacinamiento (ó de la proxémica). Hay un librito de Edward T. Hall que edita en castellano Siglo XXI y que se llama La Dimensión Oculta en que se tratan estos temas de forma bastante clara. Hall explica que la dimensión comunicativa de la proxémica –algo así como el tratamiento científico del concepto de espacio vital– surge de la observación animal: en concreto, ornitológica y en términos de la territorialidad de los individuos. En el texto encontramos además la explicación de un experimento hecho con comunidades de roedores donde, probando distintos niveles de hacinamiento, se encuentra que la producción de condiciones irregulares en el espacio vital de estos animales resulta en comportamientos anómalos: desde el canibalismo hasta la suspensión de la interacción entre individuos. Ya hacia el final del texto el autor centra sus esfuerzos en la observación de la arquitectura y el urbanismo modernos alcanzando la conclusión de que sólo tomando en cuenta la existencia de esta dimensión –oculta como es ante los ojos de arquitectos y urbanistas– es que las megalópolis tienen alguna oportunidad de humanizarse.

El “lleno” al que se refiere Ortega es, desde mi punto de vista, una observación que resulta precedente lógico de la propuesta de Hall. Ortega se preocupa por el “lleno” no en sí mismo sino por el hecho de que observa en tal al fenómeno de un hecho epocal: el surgimiento del “hombre masa”. Esta figura –si se quiere, del todo modelada por el pensador– habla de una personalidad moderna en la cual se aprecian las características de una completa enajenación. Se trata del hombre en el cual todo deseo y toda aspiración se encuentra con la barrera de la masividad. No hay decisión en su vida que pueda basarse en una determinación personal. No existe, desde luego, la posibilidad de formarse una opinión autónoma acerca de ninguna cosa o de disfrutar algo en individual. Es, según mi propia interpretación, la version del angst existencialista visto desde el punto de vista del vitalismo: es el humano desesperado por saberse encerrado y por conocer que no hay escapatoria.

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En lo personal, es tal la angustia que siento cada vez que tengo que ir a un evento –léase, en especial, un concierto. Me da la impresión de que ya es uno bastante “hombre masa” con muchas cosas como para que eso que uno aprecia como un momento de esparcimiento se convierta, de nuevo, en eso abominable de lo impersonal. Me da miedo que ese triunfo de la masividad que son los festivales musicales –y, que no se malinterprete: los cuales aprecio en sus propios términos– se transformen en una constante. Que cada vez que quiere uno ir a ver a tal o cual banda tenga que padecer el sentimiento que produce la victoria de una opinión estúpida. Y es esto, me parece, lo que está sucediendo hoy en día –y probablemente desde el surgimiento de los “nuevos”movimientos sociales de los 60′s– con la música en vivo.

A diferencia de lo que sucedió en un principio –es decir: cuando la congregación masiva resultaba un statement político de los reunidos–, sé de primera mano que ahora se trata de un asunto de mera rentabilidad. Muy al contrario de lo que ciertos epifenómenos como el del baile colectivo o la sensación de “estar conectados por la música” –que en definitiva me parecen completamente desagradables– parecen indicar, las congregaciones alrededor de los conciertos son muchas veces producidos por el hecho de que sólo se convierte en un negocio para los promotores el que exista una asistencia masiva. Y si bien esto contribuye en buena medida a la existencia de la mayor parte de las bandas o artistas que más aprecio y, por otra parte, resulta natural en nuestra forma contemporánea de organización social urbana, no por lo tanto deja de resultar preocupante y desagradable.

Una segunda variante del mismo principio son esos conciertos que últimamente son financiados para fines de marketing. De nuevo: algo que conozco –a veces pienso, “por desgracia”– de primera mano. Se trata de la noción de vender por la vía de la música: pero, aún con la posibilidad de entregar una experiencia satisfactoria, la figura mercadológica no escapa ni puede escapar a la rentabilidad. Es impensable –y casi hasta innombrable– que aunque una forma de convencimiento tenga como moneda corriente el placer y la satisfacción se busque algo distinto de lo que ocurre todos los días: que se escape de la normal forma de disminuir casi a nada al valor individal. Es cosa de entregar lo mismo que uno puede vivir al entrar en el Metro en hora pico: y de suponer que esto es un regalo generoso.

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Se trata, según me doy cuenta, de otra de esas fábulas fáusticas en las cuales el protagonista es la generación inmediatamente anterior a la nuestra. Y no es, por cierto, ajeno a la “jaula de hierro” con la cual la filosofía ha caracterizado a la modernidad: “si te gustan los eventos de música, disfrutalos en la comodidad de la masa”.

Pero: ¿apoco no dan ganas de hacerla de rebeldes y proponer conciertos para no más de 100 personas? ¿De no anunciar que vienen un par de desconocidos a hacer un dj set al Pasaje América y que lo pierdan todo los ambiciosos?¿De boicotear a los promotores para que la música en vivo no esté muerta desde el principio?¿De decir “ni modo” y no esperar que esas bandas que requieren asistencias masivas suenen en otro lugar que no sean unos audífonos o las bocinas de una fiesta con conocidos?

No cabe mas que acabar, como es lógico, cual la llorona. Y tratar de ser consistente dejando de ir a esas cosas terribles que ocurren cada semana (y en las que la paso tan mal).

Saludos pesimistas. C$H.

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The BPA – He’s Frank (The Twelves Remix)

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Noah & The Whale – Blue Skies (The Twelves Remix)

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Alan Parsons Project – I Wouldn’t Like to Be Like You (The Twelves Remix)

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The Twelves – Works for Me

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